Entrevista en El Espectador


Por Liliana López Sorzano.

Se dedica a la docencia en el diseño y las artes visuales pero un gran   pedazo de su vida es la música y la exploración creativa en fotografía, pintura e instalaciones. Su último proyecto fue un performance para voz : ‘electro-domesticaciones’.

Por: Liliana López Sorzano

“Mi extraña trayectoria musical incluye covers en finos restaurantes de las afueras de Tokio, gritos y susurros en oscuros bares de Roppongi, bossa novas en antiguas bodegas, y canciones en japonés para fiestas de decoración colombianas”. Así, Nobara Hayakawa describe con modestia su recorrido con la música en su blog que lleva la onomatopeya del silencio como nombre.

Este viaje de cantos y notas no sólo se rrefiere a eso porque el piano clásico lo estudió con rigor hasta los 16 años y la música siempre ha estado ahí y siempre estará. También pasó por el pop dulce alternativo, pero lo que más le gusta es la música experimental y la improvisación. Su último proyecto fue una presentación en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño de la mano del compositor  Daniel Prieto, llamada Electro- domesticaciones, un performance para voz, video y electrodomésticos que se debatió entre lo melódico y lo experimental y el uso de la imagen como otro instrumento, más allá de lo estético.

Siguiendo la idea de Luc Ferrari, figura legendaria de la música concreta, de que los sonidos hay que aceptarlos por lo que son y apreciarlos en sus cualidades únicas, decidió acompañar su delicada voz con los diferentes tempos de una lavadora, el ronroneo de una nevera, el tic tic de un horno, el sonido de las astas de una batidora y los cambios de intensidad de potencia de una aspiradora. El concepto que se advierte de lo doméstico siempre le ha parecido íntimo y entrañable. A pesar de que pueda parecer contradictorio utilizar los ritmos del cotidiano y mezclarlos con los beats de la electrónica, a Nobara le resulta interesante potenciar lo primitivo a través de la tecnología y no el lado contrario tan expandido en las músicas actuales.

Esta mujer con cara, nombre y apellido japoneses es más colombiana de lo que aparenta. Su padre, arquitecto paisajista, llegó a Bogotá acompañado de su esposa por un contrato de un año que se convirtió en toda una vida. La familia de sangre está en Tokio, pero la cercana, la de todos los días, se fue armando con lazos de amistad y hoy en día funciona como putativa.

Estudió Diseño Gráfico en la Universidad Nacional, carrera con la cual se identifica por su generosidad porque es la democratización del arte y con la cual no comparte su relación indisociable con la publicidad. Por eso su relación cercana con las artes plásticas, tema en el que  hizo una maestría en Tokio. Como suelen hacer las segundas generaciones, Nobara negó su origen porque quería hacer parte del entorno y nunca aprendió japonés. Le tocó empezar de cero con el idioma, pero su aprendizaje fue rápido porque el sonido estaba en el cerebro y seguramente algo se había permeado en la infancia. Hubo una conexión emocional con la cultura que se traducía en el respeto y la preocupación por el otro, en el orden de las reglas, en el sentirse muy cómoda con su cuerpo y en la fascinación por la comida y los olores. Ese lado que llevaba tanto tiempo oculto se reveló. Sin embargo, después de cinco años, regresó a Colombia porque empezó a extrañar pensar, leer y soñar en su lengua materna y a percibir que vivía de una manera mecanizada en una sociedad muy cerrada.   

Puso un pie en tierra colombiana y ya tenía trabajo como profesora. Ahí comenzó el tour de la docencia que inició en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, siguió en la Javeriana y empezará el próximo año en Los Andes. Nobara es multidisciplinaria y no suele quedarse quieta. Fue la organizadora y promotora en Bogotá de un festival de artes que se ha esparcido como un virus alrededor del mundo, llamado Pecha Kucha (traduce echar cháchara), que fue creado por unos arquitectos ingleses en Tokio. El obejtivo era presentar proyectos artísticos de diferentes áreas de 20 imágenes por 20 segundos para mostrarse y conectarse. 

De su lado artístico le gusta reflexionar sobre el tema de la religión y por eso erige altares porque le encanta el deseo de comunión entre lo humano y lo divino. Su producción artística siempre ha partido de las ideas y quizá se deba a la tara de formación del diseño donde siempre se quiere decir algo más allá de la belleza. Como politeísta o de pronto la otra manera de ser atea, les reza tanto al Divino Niño, como a Buda y al Espíritu del agua. Puede que ella misma se considere dispersa por el hecho de estar en muchas vertientes del arte, el diseño, la música, el arte y la fotografía sin saber que esos disparos siempre alcanzan un objetivo. “Éste es el alivio del tonto que sonríe cuando se da cuenta de que no está solo, que la indecisión es endémica, que no soy la única haciendo un poco de todo con la esperanza de que ojalá sea cierto eso de que es mejor ser malo para todo que bueno para nada”.